1967, Odisea Cerebral (Homenaje)
Los históricos pasillos de la vieja Universidad reproducían un sordo eco al paso del joven ingeniero. Alto, enjuto y de mirada vivaz, con la expresión casi infantil que sólo tienen aquellos que saben que jamás dejarán de sorprenderse, el joven se bamboleaba a paso cansino hacia su despacho de profesor adjunto, logro de reciente y merecida adquisición.
La puerta chirrió un poco al abrirse. En el despacho reinaba un clima de austeridad; escaso mobiliario y la clásica avalancha de desorden lógicamente contenido atribuible a quienes dedican sus horas al estudio, la docencia y la investigación.
"-Hora de descanso-", se sugirió a sí mismo; luego de una agotadora jornada que había transcurrido entre arduas cátedras y los trabajos de investigación de campo que realizaba para obtener la tesis final de su doctorado en Física, utilizando los amplios jardines del magnífico y señorial edificio. Su obsesión era el irregular rebote de las ondas de radio en la capa exterior de la ionosfera. Buscaba un patrón de comportamiento, una razón en la inconstancia, que permitiera utilizar dicho reflexión sónica como un progreso en el marco de las limitadas comunicaciones vía cable transoceánico.
Lentamente, se sacó el guardapolvos color azul y lo colgó distraído en un perchero de pie de vieja caoba oscura. Echó un rápido vistazo a su escritorio, poblado de carpetas y hojas sueltas en pilas irregulares. La visión le bastó para cerciorarse de que la porción administrativa de su trabajo se encontraba al día. Luego de asearse convenientemente en el diminuto lavabo, se acercó a una moderna mesa de escritura sobre la que reposaba, muda, una vieja y descascarada Underwood, recuerdo de sus primeros años de estudio, regalo de su padre orgulloso. Junto al cascajo había un portalápices con varios bolígrafos y otros artículos de escritura, y una gran resma de papel en blanco. La contemplación de la blanca e inquebrantable desnudez del papel era su otra obsesión.
Art se sentó en la silla anatómica enfrentada a la máquina de escribir, tomó una hoja en blanco y la insertó en el antiguo artefacto de escritura haciendo girar el carro. Clavó sus codos cerca del borde de la mesa y hundió su cabeza entre las palmas de las manos. Y echó a volar su imaginación. Y su imaginación voló en forma de pájaro lanzado en migración, en busca del verano permanente. Voló tomando altura hasta la ionosfera, horizonte del pensamiento de su padre. Alcanzada ésta, ahusó su cabeza, encogió sus alas y transformó sus patas en reactores de antimateria.
Emprendió una trayectoria curva hacia el centro de la galaxia, recogiendo información a cada centímetro, eternizándose y perdiendo toda relación con el tiempo. Conoció mundos y eras pasadas y futuras, revisó azorado los progresos de civilizaciones desconocidas, trascendió y transgredió todo límite conocido, destrozó cada teoría paradigmática...y regresó.
Enquistado en el hipotálamo de su padre, comenzó a susurrar secretos irrevelables por el mero hecho de que jamás humano alguno se hubiera planteado su existencia; descripciones, episodios y vidas vividas que se refugiaron en el atónito subconsciente del joven.
Pocos segundos después de sentarse y ensimismarse, Arthur se irguió de repente, sus dedos comenzaron a tipear frenéticamente, las hojas desnudas comenzaron a vestirse de lujo...
En sólo tres semanas el joven ingeniero Arthur C. Clarke plasmó su obra más importante hasta tal fecha, una novela corta que tituló "2001, Odisea en el Espacio".